Skip to content

Elegir es ser: La ética de devolver la voz a quien ha recorrido el camino

Elegir es ser: La ética de devolver la voz a quien ha recorrido el camino

A menudo, cuando pensamos en el cuidado de las personas mayores, nuestra mente se llena de imágenes de asistencia, de protocolos, de medicación y de higiene. Pero quienes trabajamos día a día en la Educación Social en este centro, sabemos que detrás de cada historia clínica, de cada diagnóstico y de cada rutina institucional, late algo mucho más profundo: una biografía completa.

 

El riesgo del «cuidado» absoluto

Cuidar de nuestros mayores, supone entender que ser persona es, fundamentalmente, ser capaz de elegir. Supone conceder a nuestros residentes la capacidad de decisión incluso en las cosas más pequeñas.

Éticamente, la labor de los profesionales que trabajamos en este sector no sólo pasa por garantizar el bienestar físico, social y emocional; si no que supone tener un objetivo común que es garantizar el bienestar del «yo». Y el «yo» solo se mantiene vivo a través de la elección.

El poder de lo pequeño

Así, la dignidad de nuestros mayores no se juega solo en las grandes decisiones existenciales. Se juega en los matices.

  • Elegir si quiero tomar zumo o agua.
  • Elegir si quiero ponerme la camisa azul que me recuerda a mi juventud o el jersey cómodo.
  • Elegir si hoy quiero participar en la actividad de la tarde o quedarme mirando por la ventana, escuchando mis propios pensamientos.
  • Elegir la estética de su habitación. Qué fotos quiere colgar. Qué objetos quiere tener a la vista (Un reloj de pared, un rosario, un libro concreto).
  • Elegir la compañía directa. Al lado de quién me quiero sentar en el salón…
  • Elegir el tipo de actividades que más les gustan o que se podrían añadir al repertorio.

 Como educadores sociales, sabemos que a veces, cuando hay deterioro cognitivo, dar demasiadas opciones puede generar ansiedad. La técnica ética aquí es simplificar la elección:

En lugar de preguntar «¿Qué quieres hacer?», preguntar: «¿Prefieres participar en la actividad o quedarte en el jardín?».

El mensaje final que enviamos al residente con cada una de estas elecciones es:

«Tu opinión modifica tu entorno. Lo que tú decides, sucede. Por lo tanto, tú sigues teniendo peso en este mundo».

«El Decálogo de la Pequeña Elección»

Para llevar esta reflexión a nuestro quehacer diario, he destilado nuestro compromiso profesional en este ‘Decálogo de la Pequeña Elección’. No se trata de un manual de instrucciones rígido, sino de una brújula ética para que nunca olvidemos que, detrás de cada rutina, nuestra labor más valiosa es proteger la soberanía de quien, día a día, nos confía su historia.»

  1. Pregunta antes de hacer: «¿Te gustaría que te ayude a…?» (en lugar de hacerlo directamente).
  2. Ofrece dos opciones: «¿Prefieres X o Y?» (reduce la ansiedad y fomenta la decisión).
  3. Valida el ‘No’: Si dicen que no, agradece su honestidad.
  4. Escucha el silencio: A veces el silencio es una elección.
  5. Respeta el ritmo: Si tardan más en elegir, ese tiempo es suyo, no nuestro.
  6. Pregunta por su pasado: Saber qué elegían antes nos ayuda a saber qué prefieren ahora.
  7. Fomenta la crítica: Sus quejas son muestras de vitalidad.
  8. Trátalos como a un igual.
  9. El poder del nombre: Pregunta siempre cómo quieren ser llamados. ¿Don/Doña? ¿Por su nombre? ¿Por un apodo cariñoso de su infancia? El nombre es la primera elección de identidad.
  10. El espacio es suyo: Antes de entrar en su habitación, llama a la puerta y espera a que digan «pasa». Es su hogar, no nuestra oficina. Ese pequeño acto de pedir permiso devuelve la propiedad del espacio al residente.

De esta manera, cada vez que un residente decide, está reafirmando su existencia. Está diciendo: «Aquí estoy, sigo siendo yo, sigo teniendo preferencias, deseos y voluntad». Como profesionales, nuestra mayor victoria ética no es tener a todos los residentes perfectamente alineados y sin incidentes; nuestra mayor victoria es que cada uno de ellos, al final del día, pueda sentir que ha vivido el día que él ha elegido, no el que le ha sido impuesto.

El acompañamiento, no la dirección

Desde el ámbito de la Educación social, entendemos que el trabajo en la vejez es un acto de humildad. Es acompañar, no dirigir. Es escuchar más de lo que hablamos. Es comprender que la autonomía no es un interruptor que se apaga al cumplir cierta edad o al entrar en un centro.La autonomía es una llama que debemos proteger y avivar cada mañana. Incluso cuando la capacidad cognitiva disminuye, el deseo permanece. La persona puede olvidar qué día es hoy, pero sigue sintiendo la diferencia entre lo que le gusta y lo que no. Identificar esa chispa, validarla y respetarla es el núcleo de nuestra ética profesional.

Un compromiso diario

Así, elegir es un derecho humano, y en un entorno residencial, debemos convertirlo en nuestra prioridad política y pedagógica. Si queremos ser un verdadero hogar, debemos aceptar que el hogar es el lugar donde uno es libre de ser quien es.

Sé que no siempre es fácil. Existen normas y la convivencia y la vida en grupo a veces colisionan con el deseo individual. Pero ahí es donde debemos marcar la diferencia: negociando, buscando alternativas y, sobre todo, poniendo siempre a la persona en el centro.

Al final del camino, lo único que realmente nos pertenece es nuestra historia. Y nuestra historia es la suma de nuestras decisiones. Nuestro deber, como profesionales de la Residencia Virgen del Carmen siempre será dar el espacio, el tiempo y el respeto necesarios a nuestros residentes para que ellos sigan siendo, hasta el último momento, los protagonistas de su propia vida.

 

Un verano que deja huella: la experiencia de Nacho como voluntario en la residencia Virgen del Carmen