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LA IDENTIDAD EN LA TERCERA EDAD

La identidad en la Tercera Edad

Durante nuestra vida, la identidad suele construirse alrededor de lo que hacemos. Somos profesores/as, sanitarios/as, comerciantes, padres, madres, etc. Somos quiénes trabajan, producen y sostienen.

Cuando nos hacemos mayores, las capacidades se transforman, conllevando en la mayoría de las ocasiones una pérdida de autonomía. Dejamos de poder hacer y muchas de estas definiciones empiezan a desaparecer.

La identidad que nos ha acompañado toda la vida deja de ocupar ese lugar central, suponiendo una pérdida y por tanto un duelo, no solo a nivel funcional, también desde una perspectiva mucho más personal, íntima e identitaria ¿Quiénes somos cuándo dejamos de producir?

Tendemos a olvidar que la identidad humana es mucho más compleja que la suma de nuestras funciones sociales. Durante la vida, también somos todo aquello que permanece cuando los roles cambian. Somos la forma en la que entendemos el mundo, los valores que nos guían, el carácter que hemos construido y la manera en la que miramos a los demás.

En esta última etapa, en la que los roles desaparecen y las ocupaciones dejan de definirnos, lo que somos cuando dejamos de poder hacer cobra un papel fundamental dentro de la identidad. En este momento emergen otras formas de ser, las que tienen que ver con quiénes somos y qué defendemos, la identidad de la historia vivida y de las experiencias acumuladas.

Llegar a esta etapa de la vida conlleva reconfigurar la forma en la que te has definido durante décadas. Esta transición resulta más amable cuando, a lo largo de la vida adulta, te has cultivado, reflexionado y comprometido con el tipo de persona que quieres ser, los principios que deseas sostener y la forma en la que eliges relacionarte con los demás.

Como acompañantes de una persona en esta etapa de la vida, tenemos la oportunidad y responsabilidad de mirar más allá de las limitaciones y pérdidas que aparecen con la edad. Es inevitable que la atención se dirija a las necesidades de esa persona, pero es imprescindible que nos detengamos a escuchar y observar de forma profunda y respetuosa, como la persona única que es y el valor individual e irrepetible que tiene y merece.

Andrea Victoria Montoya, psicóloga.